Algunas realidades hacen que todo lo demás parezca absurdo.
Hay días en los que me gustaría abrigar con esas banderas
a todos los chavales abandonados por el sistema.
Hay pertenencias que sólo son para ricos
y desamparos que sólo son para pobres.
Hay playas bellísimas al lado del infierno,
donde los trenes paran chirriando
como el canto de un gallo al amanecer.
Hay amaneceres que se repiten presagiando apatía.
Los chavales con frio ya lo saben,
por eso lloran cuando el sol se asoma,
sin que nadie los vea:
“Señora, aunque usted no lo entienda,
esta rabia es lo único que tengo para sobrevivir.”
Los turistas ni se enteran.
Hay máquinas expendedoras reventadas
y cortes de pelo que buscan imitar la vida de algún artista famoso
para olvidar este desastre.
Hay ladrones sin futuro con una mano de seda en tu bolsillo
y hay ladrones de futuro con muchos bolsillos de seda pura.
Los primeros son castigados por los segundos,
Porque hay mucha autoridad de pacotilla
o mucha pacotilla autoritaria.
Debajo de la lengua de la burocracia,
hay carnés más afilados que el canto de una hojilla.
Hay burocracias asesinas, peligrosas.
Y también hay gente noble
intentando curar heridas demasiado grandes,
algunas veces sin éxito,
vuelven a casa al final de la jornada
en absoluto silencio.
Están cansados, no tienen poder.
Hay gente sentada que los mira fijamente.
Hay público para todo,
incluso para la soledad de los otros.
Allí donde hay altos monumentos, hay abismos.
Y yo, pienso, no pienso, me sostengo.
Me veo en este espejo, observo todo,
deslumbrada como un gato asustado
por dos faros inútiles,
no hago nada
y siento que la imagen de ese chico delgado,
acostado, sin padre,
sin cenar,
durmiendo entre los arbustos,
me hace más banal

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