Te veo suelta,

desatando con los dientes

el nudo que te intenta atar al centro,

volando por encima de los planes

que hiciste en tu cama

-bellos pero inciertos –

explorando con la cresta de tu lengua

once mil universos,

¡suelta sin remordimientos!

Te veo voladora, bruja y loca,

desarraigada,

sin peso en las alas.

Traviesa,

sin límite en el juego.

Rebelde,

ni alarma en las mañanas.

Terrible,

ni moral en los sueños.

Viajando,

perdida en la aventura,

arriesgada,

entrando en la fauces de los lobos

y las lobas,

hambrienta,

mordiendo esa entraña donde duerme la locura,

Te veo dinamita pura,

estallando de ganas de vivir,

gritando bajo el mar,

escribiendo poemas en cristales con los dedos,

para recitar en bares

abandonados de piedad

y devolverle a la noche

un poco de catarsis,

un poco de ternura.

Veo tu falda azul oscura,

girando, dando vueltas

borracha de tinto de verano

de madrugada en la plaza del sol

un gato gordo estupefacto te veía,

y te reías, te reías…

demasiado feliz, demasiado guapa

San Juan se hacía menos insoportable,

y yo sentada en la silla de cemento

-pensaba y creo que hoy lo acepto-

que hay gente como yo, que es piedra

y gente como tú, que es viento.

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