La hermana de Corina es muy inteligente,
el problema es que cuando quiere dar una opinión
que a ella le parece importante
le da por hablar como el papa Francisco,
dejando un intervalo de un minuto entre cada palabra
y yo, que soy distraída, me pongo a cavilar sobre otras cosas
y sin darme cuenta se me va la mirada a otro mundo.
Un día ella me lo reclamó con un tono grave:

“ ¿Blanca…

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…pareces…

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…aburrida…

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…de…

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…mi….

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…conversación? ”

sentí mucha vergüenza y de allí en adelante la miré fijamente
mientras en realidad pensaba:
“¡Madre mía! ¡Qué lento habla esta mujer!
…Qué rico es el banana Split….
…¿por qué nunca me lo hago en casa?,
la crema engorda burda…”
Me tragué mis pensamientos y no dije nada.
Ella estudiaba sociología y me gustaba un poquito
pero entre palabra y palabra se disolvió nuestro vinculo
como una pastilla para la resaca,
en un vaso de agua se ahogó nuestra recién nacida amistad
y nunca más hablamos.
Primero me sentí mal y después bien.
No dijimos nada al respecto.
Quizá fue lo mejor.
Las cosas importantes deben decirse con naturalidad o no decirse.
Cuando alguien es muy consciente de su propia importancia
se vuelve insoportable.

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