Cada mañana veo una chica que baja por un callejón

con dos niños agarrados de las manos.

Los niños van bien peinados,

con sus uniformes y sus zapatos limpios.

Yo siento ternura por la mujer humilde

que en su cansancio no ha olvidado

pulir los botines de sus niños.

La veo un segundo y me basta para saber

 que es honesta y está cansada.

En ella no hay dobleces, ni propaganda.

Este fin de semana hay elecciones

y las paredes de ese mismo callejón

están forradas

con publicidad de los principales candidatos

 y sus sonrisas de “yo quiero comisión”.

Me pregunto si alguna vez tuvieron madre

o si esa sonrisa la ganaron en alguna apuesta

contra el diablo.

Este domingo hay elecciones y me pregunto

si la chica cansada

tendrá suficiente energía

para levantarse

e ir a votar

por un fantasma.

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