Me gustan los fantasmas que aparecen en las carreteras

para pedir un aventón hacia la nada.

Me gustan los fantasmas que mueven adornos inútiles

y los hacen temblar como dedos nerviosos.

Me gustan los fantasmas que encienden y apagan las luces

para expresar su aburrimiento

eléctrico y absurdo.

Me gustan los fantasmas que esconden  llaves y gafas

para que uno pierda un rato la cordura

y explore los límites de su propia neurosis.

Me gustan los fantasmas que son sombras ambiguas en pasillos,

me gustan los fantasmas que son sueños tangibles al filo de la cama,

me gustan los fantasmas que son manchas que sudan algo místico,

me gustan los fantasmas que son voces que te llaman bajito por tu nombre,

me gustan los fantasmas que son puertas que se cierran sin razón alguna,

me gustan los fantasmas que hunden los cojines con su peso incorpóreo,

me gustan los fantasmas que lanzan risotadas mientras duermes,

 como si dormir fuese gracioso,  un chiste de la naturaleza.

Me gustan los fantasmas porque quiebran el límite

 entre la lógica y la locura que siento en estos días

cuando vivir no vale nada y todo es abstracto.

Me gusta pensar en los fantasmas

colgando boca abajo en el saliente de mi ansia,

librados de tantas explicaciones falsas,

sin apuros,

relajados,

los fantasmas.

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