A los 21 años

me enamoré de una profesora

100 años mayor que yo.

Era una sabia,

los pliegues de sus parpados

la cegaban un poco,

pero su imaginación percibía

más allá de las vanguardias.

Me atraía su obsesión por Tolstói

“…ese ruso loco que hablaba esperanto…”

y su forma antigua de peinarse.

Odiaba cuando mis compañeros

no le mostraban el merecido respeto

y se burlaban de su ligero gagueo.

Su conocimiento era para mí un viaje tremendo

superior a mil ácidos,

alucinaba con su forma de relacionar

una información con otra,

alucinaba también con lo brillante

que tenía los dientes para su edad

(era un misterio).

Me gustaba la letra de sus evaluaciones

-incluso cuando eran negativas-

todo lo que escribía me resultaba interesante,

las leía mil veces

como si fuesen cartas de amor,

intentando buscar algún mensaje oculto,

una conexión entre ella y yo.

De un día para otro

y sin saber exactamente por qué

se me pasó el flechazo,

la encontré lenta y aburrida

y no volví a tomar esa materia.

Hoy viendo una mancha en el techo

parecida a la barba de Tolstói

la recordé y pensé:

¡Que duro es darle clases

a un montón de jóvenes hambrientos,

impacientes

y cachondos!

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