Mi taller es el centro de mi universo:

la maceta donde pongo la tierra húmeda,

en mi taller se abre la semilla

de todo lo que se secó

en palabras y gestos

 que fuera del taller no llegaron a nada.

Mi taller es un viaje asegurado

a una isla en el centro de mi alma.

Mi taller es la yema del huevo celestial,

en mi taller amaso el pan que alimenta

la potencia subterránea de mi vida.

En mi taller soy niña y anciana

porque en mi taller el tiempo me deja jugar

a que todo es ficción

a que nada, ni nadie,

debe ser tomado por verdad.

En mi taller no debo preocuparme por ser amada o amar

porque pintando me basta

con estar.

En mi taller me pierdo y no siento miedo.

En mi taller hay fantasmas que cantan:

“Pinta! pinta! pinta!”

En mi taller entro limpia

y salgo sucia y contenta

y a veces beso los cuadros

porque aunque sean bellos o feos,

buenos o malos,

me parece que solo con verlos no me basta,

 en mi taller les hago sitio

como si fuesen amigos

y cada pintura tiene un nombre.

En mi taller me encierro días enteros

a veces sin hacer nada,

solo a pensar:

“…que alegría! por fin tengo mi taller!…”

Mi taller es mi templo,

es mi centro,

es mi columna vertebral.

Después que los cuadros salen de mi taller

ya no es tan importante.

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