Despierto a medianoche

destilando pintura acrílica,

tengo fiebre en el cuerpo

y en mente un retrato por hacer.

Dorado en la malla

que viste la figura.

Me faltó dinero para comprar dorado

y sentí ganas de llorar.

Me duele la piel.

Mis ojos son dos planchas

de vitro-cerámica ardiente.

La baldosa del piso se siente helada

cuando camino al lavabo

para vaciar

mi cuerpo quebrantado.

Tengo sed de agua y nada más.

Me siento elementalmente sola.

Puedo con esto y con más.

Me gusta la pureza del agua.

Pasó por el taller y miro el cuadro

(sin dorado)

¡es bello!

no tiene precio,

ni farsa,

ni galería.

Es fiebre,

fiebre pictórica!

Vuelvo a la cama

me tomo un paracetamol

y duermo.

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