El performance no debe ser explicativo, ni explicado. Sino, no tiene gracia.

Los artistas del performance se sienten obligados a ser más serios de lo normal una vez acabado el performance, quizá tienen miedo de ser tomados por locos.

El performance es el acto de jugar con lo incierto.

El performance es el último eslabón del arte, el más extremo y el más complejo.

La mayoría de los performances son tan elaborados y pensados que carecen de espontaneidad y sentido del humor.

Es necesario que el performance se vuelva un poco irresponsable con su propio lenguaje.

Tengo la ilusión de convertirme en una artista del performance después de los 60 años. Es una ilusión, no un plan de vida.

Lorna H Dimitris crea performances en un laboratorio que tiene en un conocido sótano de la calle Avignón de Barcelona, lo llama “Frasco de performance”. Allí los ejecuta frente a un espejo gigante. Solo 17 afortunados los han visto, a la vez que se han visto a sí mismos en el espejo gigante.  Hace funciones de no más de tres personas. No hay en sus performances: ni sexo, ni sangre, ni vaginas dentadas, ni puñales dorados, ni huesos de animales, ni paredes muy blancas, ni mallas de ballet negras, ni tripas, ni uniformes, ni grasa, ni pelos de zorro, ni silencio…pero dicen que son increíbles…Me encantaría verlos! La entrada al sótano cuesta 350 euros. No tengo el dinero y me da un poco de miedo.

Los performances se dividen en académicos y sinceros. Los primeros están hechos para agradar a los expertos (todos autoproclamados) y los segundos no se sabe nunca para qué se hacen. Me gustan todos, soy inescrupulosa a la hora de consumir performances.

Todo lo que se escribe sobre un performance es invisible.

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