Nada es eterno.

Ni la fuerza con que se queda

tu perfume en mi cuerpo,

ni mi pecho, ni mi corazón,

ni mis arterias, ni mis manos

ni mis venas, ni mis dedos.

Ni el karma que bombea

el deseo insatisfecho

que penará conmigo

en el eje

de mis huesos.

Ni tu jadeo en mis labios,

ni tu boca,

ni esos besos que dejamos

en el techo de tu carro,

en la alfombra persa,

en la casa de barro,

ese fin de semana,

en un pueblo muerto,

donde dije:

Te amo, no te alejes nunca.

Y respondiste:

“Nada es eterno”

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