Sergio desapareció el 30 de diciembre.

Salió de su casa a comprar un panettone

y no volvió.

La familia lo está buscando por toda Barcelona

desesperadamente.

Zozobra, zozobra, zozobra

zozobra, zozobra, zozobra.

Una ciudad es un caos insondable

para los padres de los desaparecidos.

Algo anda fatal,

Rosario- la hermana mayor de Sergio- lo sabe.

“!Te vas a ir de fiesta sin saber si tu hermano está vivo o muerto!”

Le gritó a Rosario su padre con desprecio.

¿Rosario se siente culpable?

Un poco sí.

Un poco no.

La culpa es un reptil escurridizo.

Se maquilla,

primero los parpados,

después las pestañas,

por último los labios.

“!Que importan lo que piensen!”

Una línea negra mal pintada en el borde de un ojo pide ayuda.

Rosario bebe en la cocina una taza café en silencio,

en esa misma mesa llena de fotocopias

con la cara, en escala de grises, de su querido hermano.

Observa las raíces blancas en el cráneo de su madre:

Se busca

Se busca

Ahora más que nunca Rosario necesita la fiesta:

Cuanto más impersonal mejor.

Cuanto más inhumana mejor.

Electrónica si es posible.

Música sin lirica.

Liturgia sin alma.

Es su manera irracional de ensayar:

 una desaparición,

una muerte.

 

 

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