A  Tiger la conocí en mi otra vida,

cuando trabajé de gogo en la Joy Slava de Madrid.

Era la época  en la que los lavabos tenían luces moradas

para que los junkies no se consiguieran las venas.

Compartíamos un taxi a las 3 am

hacia otra discoteca llamada “El Balcón de Rosales”.

Yo iba disfrazada de “Indígena Rockera” (no fue mi idea),

 Tiger iba de “Power Ranger” en seda blanca y verde.

Nuestra tarea era bailar dos horas de technotronic para animar al público,

que ya estaba animado porque era el apogeo del éxtasis en Europa:

“Pump up the jam
pump it up
while your feet are stomping
and the jam is pumping.”

Era un trabajo fácil pero tan irreal que lo recuerdo borroso.

Ninguna de las dos era discotequera

pero nos divertíamos en grande improvisando coreografías sobre la tarima.

Muchas veces bailábamos tan estrafalariamente

que podíamos escuchar nuestras carcajadas de una plataforma a otra.

Entonces, venía el manager y me regañaba:

“¡Pon cara de seria que eso es lo que le gusta a la gente!”

yo ponía cara de cabreada y la gente encantada,

porque la juventud cuanto más soberbia más bella.

A la hora de cerrar le  pedíamos siempre al DJ

que pusiera  “Fight for your right ” de Beasty Boys

y caíamos en una histeria hardcore de breakdance salvaje.

Madrid nunca fue tan divertida  y vital para mí.

La ciudad  entera era una coreografía chiflada,

una joven compañera de baile,  que  brincó, giró,

patinó, se carcajeó  y se esfumó.

¿Qué será de tu vida Tiger?

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