Berlín me mira directamente a los ojos.

Es intensa, inescrutable, posible, excentrica, vasta.

A ratos deshabitada, muchas veces ocupada.

Rayada de libertad como el cuaderno de un niño.

Para los que sospechan que Angela Merkel es una mujer triste:

Berlín lo verifica.

Dijo: “la Europa multicultural ha fracasado”

y se refiere a su fracaso interior de burócrata egoísta.

La Europa Multicultural está triunfando.

Las estaciones de tren desprenden vapores  turcos y  vietnamitas,

 ángeles metizos bajan del cielo o escapan del infierno

para cenar y enamorarse en Berlín.

 Aerea Negrot ya tiene plaza en la “Brandenburg Gate”.

Me sobrevoló cuando me deleitaba con un currywurst,

llevaba un turbante mauritano y cantaba “childhood”,

sonaba  excepcional y dramática como Berlín,

el soundtrack  perfecto para extraviarme entre Friedrichshain y Kreuzberg.

“Todo es posible en esta ciudad” dijo Anna y como si lo hubiese visto venir:

se detuvo a nuestro lado un aristócrata con barba, forrado en látex negro.

Arrastraba a otro  hombre esposado, con una máscara anti gas,

cogido con naturalidad a una cadena perro.

(Yo vengo del Caribe y allí hace demasiado calor para estas vestiduras,

los fetichistas y los góticos la pasan fatal en el  trópico.)

Disimulé mi fascinación con la cara de “diplomática”

que pongo cuando estoy en una ciudad cosmopolita.

Pero lo pueblerino  me salió en forma de lumbago crónico.

Nada  más lejos de una auténtica berlinesa

que mi cuerpo intentado a duras penas  levantarse del  asiento en el metro.

“¡Berlín volveré sin lumbago y te daré caña!” fantaseo en el aeropuerto,

mientras el avión despega y se hace pequeño.

Me  pongo los audífonos y escucho ´cold song´ de Klaus Nomi.

Así me despido de  la monumentalidad de una ciudad superviviente,

de una ciudad que provoca respeto , admiración y ganas de vivirla…

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