Tenía un teléfono de seguridad

que me  colgaba en el cinturón antes

de ir a acompañar a Mathew.

Antes de ir a su casa debía llamar

y avisar el tiempo que iba a estar con él.

Era un contestador automático, yo llamaba y decía:

“Blanca Haddad, yendo a casa de Mathew Brooks, 300 minutos”

Durante esos 300 minutos,

yo  podía apretar cualquier tecla del teléfono sí ocurría una emergencia

y  vendrían a socorrerme.

Mathew medía  un metro noventa, era robusto

y tenía todo el cuerpo tatuado, incluyendo la cara.

Tenía cara de bonachón y no solía levantarse del sofá

 por nada en el mundo.

Mi trabajo era convencerlo de que  se levantara pero nunca lo hizo.

(Ni siquiera para ir al Pub)

Así que nos aburríamos terriblemente  tomando  té en absoluto silencio,

el decía que le gustaba la compañía pero tampoco hablábamos mucho.

A  pesar de su aparente bondad  confieso que le tenía miedo,

porque tenía una colección fantástica y terrorífica

de mas de 60 sables , espadas  y cuchillos colgada en la pared.

Siempre me pregunté frente a las tiendas de espadas:

¿Quién  coleccionará sables y espadas y para qué?

Pero cuando empecé a trabajar  con Mathew dejé de preguntármelo,

porque me ponía muy nerviosa.

Existen casas cuyos decorados  uno no debe analizar nunca  en detalle.

Así como no toda la gente que tiene porcelana Lladró en su recibidor

  vota necesariamente por el Partido Popular,

así mismo Mathew nunca mostró ningún un signo  de violencia

hacia mi persona o cualquier otra.

Todo lo contrario, cuando le dije que dejaba el trabajo,

me respondió casi llorando:

“ Bianca, I will miss you…a lot ”

Yo también lo extrañó, después de todo, trabajar con él

era un  sano subidón de adrenalina.

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