El Coronel Atkitson me invita a comer

un hermoso plato de guisantes, patatas asadas y roast beef.

Primero me como la tortica de Yorkshire

y luego hablamos de los “Red Arrows”

Hace unos días se estrelló uno en Devon.

El Coronel me cuenta su infancia en Surrey

cuando detenía la bicicleta para escuchar

las bombas aladas (doodle bugs) apagar el motor

y descender

“Sabía que alguien seguramente iba a morir…”

El y su familia se refugiaban en un almacén de tiza.

Le pregunto sí el olor a yeso lo hace sentir protegido,

me responde: “sí, me trae recuerdos”

Luego hablamos de tanques y barricadas.

La comida es deliciosa y agradable.

Se puede ver el campo y huele a pupú de vaca,

los pájaros cantan, las ardillas se asoman,

tres caballos trotan en círculo.

El coronel Atkitson estuvo esperando la invasión Rusa

en la frontera Alemana, algo que nunca ocurrió:

“En la guerra fría murió muy poca gente” me aclara.

Destrucción y muerte están presentes en toda la conversación,

sin embargo parecen temas más humanos

cuando involucran a los seres queridos.

La tragedia se cuela en nuestra mesa,

como una flecha roja y cena con nosotros,

cuando nos damos cuenta,

ya es demasiado tarde para echarla

fuera de nuestra alma.

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