Barry escribe poemas con palabras magnéticas

sobre la puerta del refrigerador.

El último que leí decía:

“Sobretodo no busques fortuna

sí no estás dispuesto a perder la gracia.”

También tenía cuadernos llenos de líricas,

pero no me los mostraba y yo nunca pedí verlos.

Yo intentaba ser lo más invisible posible

 porque él tumbado en el sofá

parecía disfrutar de su propia presencia.

Mi  trabajo era cuidar que no incendiara su casa

con la ceniza ardiente de los 23 cigarros

que fumaba cada día.

Barry jamás usaba cenicero.

 (en eso consistía su locura)

Le servía un café en silencio y en silencio se lo tomaba.

Éramos dos espectros sumergidos en una densa nube de humo,

escuchando a  Neil Young, Seasick Steve

y Velvet Underground.

Cuando la canción era muy buena,

Barry me veía orgulloso

como sí la hubiese escrito él

y  decía tres veces:

“ Ohhh dear, Ohhh  dear, Ohhh dear”

Tenía 57 años,

un pequeño arete dorado en su oreja izquierda

y una colección increíble de discos de pasta.

Guardaba el café y los cigarros en una caja fuerte,

pero no tenía la llave.

Hubiese podido pasar muchas tardes junto a él

recogiendo  cenizas,

mientras él buscaba en su cantera de palabras,

un  corazón de oro.

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