Aprieto la mano de la enfermera,

su mano es igual a la mano de una hermana,

de una abuela, de una amiga.

Sus ojos ven directamente  con compasión mis ojos.

Huele al alcohol,

hace frio.

Cinco médicos están de pie

 alrededor de la cama,

tres de ellos son estudiantes.

Una chica me acaricia la pierna.

 Yo debería verbalizar algo sobre la importancia

de ser tratada con afecto,

pero estoy tan nerviosa

 que lo olvido.

Me concentro en la chica que tengo más cerca,

se me sale una lágrima,

me da vergüenza,

pido disculpas:

“Son solo nervios,  no duele”.

El nuevo medico, el humano, me dice:

“Todo es, casi siempre, puro nervios”

Tiene razón.

La enfermera me sonríe y es extraño,

pero siento confianza en la humanidad.

¿Cómo puede haber gente que vea en la
medicina un negocio?

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